Las revelaciones de Edmand Lara profundizan la disputa interna y exhiben un entorno presidencial permeado por denuncias, vínculos personales y maniobras que comprometen la dirección del Gobierno en un momento crítico.
El clima político se crispó aún más cuando el vicepresidente Edmand Lara, recién llegado de Brasil, lanzó nuevas advertencias sobre el equipo que rodea al presidente Rodrigo Paz. Sus palabras, tan directas como explosivas, apuntaron a un entorno rodeado de operadores con antecedentes graves, incluyendo acusaciones de violencia familiar, corrupción y estafas. El vicepresidente advirtió que, además del ya cuestionado Jorge García Pinto, existen otros ministros con procesos judiciales activos cuyos nombres hará públicos de manera inminente.
El detonante de esta nueva ola de tensión fue la fallida posesión de García Pinto como ministro de Justicia. Tras la destitución de Freddy Vidovic y los cuestionamientos sobre los antecedentes del nuevo designado, el presidente anunció el cierre del Ministerio de Justicia, una medida que, según Lara, no solo carece de sustento legal, sino que no se ha ejecutado en absoluto.
A criterio del vicepresidente, la respuesta del mandatario no fue institucional sino emocional. Sostuvo que Paz lo identificó como un adversario por denunciar lo que considera una peligrosa red de operadores judiciales incrustados en el Gobierno. Lara afirmó que siempre buscó orientar al presidente y evitar que su círculo cercano se llene de personas con procesos penales. Sin embargo, lamentó que sus advertencias hayan sido interpretadas como ataques personales.
Las declaraciones de García Pinto no tardaron en aparecer. El abogado, designado por el propio Paz y señalado como su asesor legal de confianza, acusó a Lara de violar su presunción de inocencia y de difamarlo públicamente, afectando a su familia y su profesión. Esto ocurrió el mismo día en el que el presidente insistió en que el Ministerio de Justicia sería cerrado, aun sin formalizar un solo paso administrativo para hacerlo.
Lara respondió con firmeza. Aseguró que no mintió ni inventó información, y que en ningún momento declaró que García Pinto fuera culpable de los delitos. Lo único que hizo —subrayó— fue mencionar la existencia de procesos abiertos, los cuales son accesibles para toda la ciudadanía en el Palacio de Justicia. Reiteró que entre las causas figuran denuncias por violación, coacción, incumplimiento de deberes, avasallamiento y violencia familiar.
El vicepresidente enfatizó que cualquier persona puede consultar directamente los registros judiciales, que incluyen los juzgados donde cada proceso se encuentra radicado. Su argumento central es que transparentar información pública no constituye una vulneración de derechos, sino un acto de responsabilidad cuando se trata de personas que están a punto de obtener poder ministerial.
Ante la advertencia de García Pinto de iniciar acciones penales, Lara reveló que ya existe una acusación formal contra él. Declaró que en abril de 2025 el Ministerio Público cerró la etapa investigativa y presentó un requerimiento fiscal de acusación ante un juzgado de Coroico. El vicepresidente afirmó contar con el número de caso, el fiscal asignado y la resolución completa en formato digital.
El proceso, según explicó, está relacionado con un presunto esquema en el que García Pinto habría cobrado montos significativos a diversas personas. Ofrecía —supuestamente— cerrar sus casos judiciales mediante gestiones con fiscales y jueces, prometiendo influencias que nunca existieron. Lara sostuvo que los montos cobrados oscilaban entre 35 mil y más de 100 mil bolivianos.
En esa línea, señaló que tiene comunicación estrecha con autoridades judiciales y policiales de Coroico, quienes le informaron sobre la naturaleza de las denuncias. Aseguró que el denunciante, Santos Daniel Calizaya, presentó un conjunto sólido de pruebas: declaraciones, recibos, informes y documentación respaldatoria que mostrarían cómo operaba el esquema de estafas.
Para el vicepresidente, lo verdaderamente alarmante es la presencia constante de García Pinto al lado del presidente, incluso después de que sus antecedentes judiciales se hicieran públicos. Lara afirmó que, en lugar de dar explicaciones claras al país, el abogado optó por atacar a quien reveló su historial, lo cual —según él— evidencia un grado preocupante de protección política.
Mientras tanto, el anuncio del cierre del Ministerio de Justicia se encuentra en un limbo jurídico. No existen decretos supremos, resoluciones o documentos oficiales que respalden la supresión efectiva de la cartera. Para Lara, esto demuestra que el presidente “le mintió al país”, utilizando una declaración pública para desviar la atención del escándalo que rodea a su designado.
El vicepresidente insistió en que el Ministerio de Justicia sigue vigente y que, en la práctica, García Pinto continúa siendo el ministro por designación del propio presidente. Esta contradicción entre discurso y realidad administrativa se ha convertido en uno de los puntos más sensibles de la confrontación.
En este contexto, la relación entre el presidente y su vicepresidente se deteriora a pasos acelerados. Las acusaciones cruzadas, los señalamientos públicos y la exposición de prontuarios judiciales abren una grieta cada vez más profunda en el Ejecutivo. De manera reiterada, Lara advierte que este es solo el inicio de una serie de denuncias más amplias que hará públicas, señalando que otro ministro en funciones enfrenta procesos por violencia familiar.
La crisis adquiere una dimensión mayor al revelar un patrón de decisiones adoptadas sin transparencia y sin filtros rigurosos sobre la integridad de quienes ocupan cargos clave. Las designaciones, defendidas por el presidente pese a los cuestionamientos, exhiben un entorno político cada vez más vulnerable ante denuncias y escándalos que surgen en cadena.
La protección presidencial hacia figuras con acusaciones graves alimenta una sensación de vacío ético en la conducción del Gobierno. Mientras las tensiones internas se hacen más visibles, la ciudadanía observa un escenario en el que los anuncios presidenciales generan más dudas que certezas, y donde la falta de claridad en las decisiones incrementa la preocupación pública.
El vicepresidente, por su parte, sostiene que continuará actuando con total frontalidad. Asegura que no se mantendrá en silencio frente a lo que considera una amenaza directa contra la transparencia institucional. Según su criterio, los operadores con antecedentes penales no pueden ocupar posiciones con acceso a decisiones críticas del Estado.








