El endeudamiento doméstico alcanza niveles críticos y empuja a millones de familias argentinas a vivir con tarjetas colapsadas, préstamos impagables y angustia constante, mientras el ajuste económico erosiona cualquier posibilidad de estabilidad.
Con datos de Página12.com.ar
Federico aún recuerda las noches de insomnio, el peso de las cuentas y el nudo constante en el estómago. Con apenas 32 años, había construido una vida con cierta estabilidad: empleo formal, hábitos financieros organizados y una rutina austera. Sin embargo, a mediados de 2024, todo eso comenzó a desmoronarse. Su salario, que no acompañaba el ritmo vertiginoso de la inflación, fue consumido por gastos diarios. “El sueldo ya no alcanzaba. Lo básico empezó a costar el triple. Y no podía simplemente dejar de comer o pagar el alquiler”, relata. Pronto acumuló más de cinco millones de pesos en deudas, entre tarjetas de crédito y préstamos personales. Intentó refinanciar, pero la bola de nieve lo terminó arrastrando.
Federico no es una excepción. Como él, millones de personas en todo el país enfrentan una realidad alarmante: estar endeudados no por consumo suntuario, sino por sobrevivencia. Comprar comida, cargar la SUBE o pagar un medicamento puede significar meses de deuda a tasas imposibles. La nueva normalidad, dicen muchos, es vivir estresados, haciendo cuentas, recortando lo esencial y evitando mirar el resumen de la tarjeta.
Según el último relevamiento del Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas (IETSE), un 91 por ciento de los hogares argentinos acumula algún tipo de deuda. La cifra es contundente y revela una emergencia social estructural: casi todos deben, y la mayoría no puede pagar.
LOS CRÉDITOS YA NO FINANCIAN PROYECTOS, SOSTIENEN EL DÍA A DÍA
A diferencia de otros momentos históricos, en los que el crédito era una herramienta para adquirir bienes durables o invertir en proyectos personales, hoy los préstamos y tarjetas se utilizan para financiar la subsistencia. La principal causa del endeudamiento actual, según el informe de IETSE, es la compra de alimentos. El 58 por ciento de los consumos con tarjeta se destinan a cubrir necesidades básicas del hogar. Le siguen los gastos de transporte, medicamentos y servicios.
El colapso del poder adquisitivo explica este viraje. El año 2024 cerró con una inflación acumulada que pulverizó los salarios reales. A la devaluación inicial promovida por el Gobierno de Javier Milei se sumaron tarifazos, quita de subsidios y liberación de precios. En un contexto así, el salario formal quedó desfasado, y quienes trabajan en la informalidad (el 42 por ciento de la población económicamente activa) quedaron aún más expuestos.
Ariel Sillitti, de 29 años, es monotributista, estudia y trabaja como administrativo. En los primeros meses del año, comenzó a endeudarse con la tarjeta y luego con préstamos de billeteras virtuales. “Era para lo cotidiano. Cargar la SUBE, salir a veces, pero sobre todo para la comida. No podía sostenerme sin eso”, confiesa. Intentó sumar changas como fletero, pero la deuda crecía más rápido que sus ingresos. Hoy se considera “estabilizado”, aunque vive con una ansiedad constante. “Es agotador tener que calcular todo. No hay espacio para una emergencia ni para vivir tranquilo”.
LA ANGUSTIA COMO CONSTANTE SOCIAL
Lo que antes se consideraba una situación excepcional —el endeudamiento como resultado de una emergencia— hoy se volvió moneda corriente. La angustia, el insomnio, la frustración de no llegar a fin de mes son emociones compartidas en hogares de todo el país. Ya no se trata solo de personas desempleadas o vulnerables: empleados en relación de dependencia, jubilados, profesionales, estudiantes, todos enfrentan la misma trampa financiera.
Federico cuenta que incluso debió vender su moto para pagar parte de la deuda. “Fue una decisión desesperada. Pero aún así, no pude resolverlo todo. No dormir por las cuentas es algo que no le deseo a nadie”, reflexiona. La falta de aumentos salariales reales, combinada con una economía liberalizada, dejó a las familias sin herramientas para sostener su estilo de vida, por más austero que fuera.
“Tuve que dejar de salir, de compartir momentos con mi familia, de proyectar vacaciones o cualquier cosa parecida a disfrutar. Todo se volvió supervivencia”, lamenta.
UNA ECONOMÍA QUE PRODUCE DEUDORES EN MASA
Los números del endeudamiento familiar son cada vez más preocupantes. La consultora EcoGo advirtió que el crédito a los hogares ya representa el 5 por ciento del PBI, casi el doble que un año atrás. Y aunque aún está por debajo del pico del macrismo (6,2 por ciento en 2018), el ritmo de crecimiento es vertiginoso.
La mora también se disparó. El Banco Central informó que el 4,9 por ciento de las deudas vinculadas al consumo están en situación irregular. Las tarjetas de crédito duplicaron su tasa de incumplimiento en un año, pasando del 1,9 al 3,8 por ciento. En los préstamos personales, la morosidad saltó del 4,1 al 5,6 por ciento.
La situación se agrava con los créditos tomados a través de billeteras virtuales y servicios no bancarios, que presentan tasas de morosidad del 10,4 por ciento. Este tipo de servicios, que antes estaban destinados a sectores sin acceso al sistema bancario, hoy se volvieron esenciales para buena parte de la población activa. El problema es que las tasas son astronómicas: la Tasa Nominal Anual promedio ronda el 85 por ciento, pero en muchos casos supera el 100 por ciento con punitorios y refinanciaciones.
HACER LA COMPRA CON TARJETA, LA NUEVA NORMALIDAD
La compra de alimentos con tarjeta de crédito es uno de los fenómenos más visibles del endeudamiento masivo. Fernando Savore, titular de la Federación de Almaceneros, relata que muchos de sus clientes en Morón hacen compras pequeñas, pero las pagan con crédito. “Vienen por 10 mil pesos en fiambre, fideos, arroz. Cosas para comer hoy, no para guardar. Es gente que ya no tiene efectivo. Les alcanza hasta el día 15 del mes, después empiezan a tirar con la tarjeta”, dice.
Savore evita promover el uso de crédito en su comercio. “No quiero que se endeuden más. Algunos ya pagan la tarjeta con lo poco que cobran, y después no les queda un peso para el resto del mes. Es una trampa sin salida”.
Fernando, jubilado de 75 años, vive en el barrio de Once y también usa su tarjeta para sobrevivir. “Con mi esposa tratamos de cubrir lo básico. Pero hay meses en que tenemos que elegir qué pagar: la tarjeta o los remedios. Y si uno no paga la tarjeta, te matan los intereses”.
LA ILUSIÓN DEL CONSUMO INMEDIATO
Parte del problema también radica en el modelo de consumo fomentado por las promociones bancarias, los descuentos de billeteras virtuales y la facilidad para endeudarse sin ver el impacto inmediato. Muchos usuarios recurren a cuotas sin interés —que luego se convierten en refinanciaciones impagables— sin calcular la bola de nieve que se está formando.
“Los bancos te tientan. La billetera te aprueba el crédito en segundos. Todo parece fácil hasta que te llega el resumen y no podés pagar ni el mínimo”, cuenta Ariel. “El sistema está diseñado para que consumas, pero no para que te sostengas”.
¿HACIA DÓNDE VAMOS?
Expertos advierten que, si no se revierte el proceso de licuación salarial, el país podría enfrentar una crisis de endeudamiento doméstico de magnitudes inéditas. El economista Daniel Marx, a través de la consultora Quantum Finanzas, reveló que entre noviembre de 2024 y abril de 2025 la morosidad de los hogares creció un 46 por ciento. “En seis meses, la capacidad de pago colapsó. Y no hay indicios de mejora a corto plazo”.
La situación es más crítica para los sectores informales, que no tienen respaldo, obra social ni acceso a subsidios o redes de contención. Si se suma el desempleo estructural, la caída de la actividad económica y el ajuste fiscal, el escenario es cada vez más desolador.
CONCLUSIÓN: CUANDO LA DEUDA ES UNA CONDENA
La Argentina de 2025 enfrenta una crisis de consumo, endeudamiento y salud mental sin precedentes. El Gobierno insiste en la “austeridad necesaria”, pero el costo lo pagan quienes no tienen margen para ajustar. La mayoría de los hogares endeudados no lo están por vivir por encima de sus posibilidades, sino por no poder sostener un mínimo de dignidad.
Federico, Ariel, Fernando y tantos otros comparten la misma angustia: deudas que asfixian, salarios que se licúan y una cotidianeidad plagada de renuncias. En ese contexto, la pregunta no es quién está endeudado, sino quién puede evitar estarlo.







