CUANDO LA CRÍTICA OLVIDA EL PARTIDO COMPLETO

Ene 26, 2026

Por Marco Antonio Santivañez Soria

Periodista Internacionalista

Hay derrotas que duelen en la cancha y otras que duelen más en los micrófonos. Lo de anoche, tras la caída de Bolivia frente a México, fue una goleada verbal contra Óscar Villegas que no tuvo análisis táctico, ni memoria, ni contexto. Solo hubo sentencia. Y eso, viniendo de colegas del periodismo deportivo, preocupa más que el resultado.

Escuché comentarios como si la “Verde” hubiera vuelto a los peores días, como si nada hubiese cambiado, como si este equipo no hubiera recorrido un camino que hace poco parecía imposible. Para muchos, anoche Bolivia fue la misma selección golpeada de procesos anteriores, la misma que deambulaba sin identidad. Pero olvidaron algo fundamental: quién recibió este equipo, en qué condiciones y desde dónde empezó a reconstruirse.

Villegas tomó a la selección desde el fondo de la tabla, con la moral enterrada y la fe de la gente hecha pedazos. No heredó una estructura sólida ni un vestuario ganador. Heredó dudas, derrotas y una generación que parecía resignada. Y, aun así, en poco más de un año logró algo que no se consigue con discursos: devolvió la sensación de equipo competitivo, devolvió la idea de que Bolivia podía volver a mirar de frente.

La memoria en el fútbol es frágil. Hace no mucho celebrábamos como un título aquella victoria en Santiago. Llorábamos de emoción por meternos en zona de repechaje. Gritábamos que este grupo nos representaba. Hoy, por un partido, parece que todo eso se borró. Ahora se exige como si fuéramos potencia, como si el proceso ya hubiera cumplido diez años y no apenas una fracción de lo proyectado.

Lo más delicado no es la crítica. La crítica es parte del juego. Lo grave es la demolición. Es instalar la idea de fracaso absoluto, pedir cabezas, hablar de ciclos terminados cuando el proyecto recién empezó a tomar forma. Villegas fue claro desde su presentación: no prometió milagros inmediatos, habló de un plan largo, de construcción, de identidad. Hoy, ese discurso se usa en su contra, como si la paciencia fuera un pecado.

También hay que decirlo: detrás de muchos ataques hay una molestia que no es futbolística. Hay reclamos por convocatorias, por nombres propios, por preferencias personales. Y cuando el análisis se contamina con eso, deja de ser periodismo y se convierte en berrinche con micrófono.

Subestimar a Surinam sería un error enorme, pero decretar la eliminación antes de jugar también lo es. Bolivia tiene posibilidades reales, como las tiene el rival. Esto se define en la cancha, no en los titulares incendiarios ni en los programas que destruyen y no construyen.

Nosotros, los periodistas deportivos, no jugamos, pero influimos. Cada palabra suma presión o suma confianza. Cada sentencia puede romper o sostener la ilusión de un hincha que, al final, solo tiene una camiseta que le eriza la piel: la Verde.

Se puede criticar sin destruir. Se puede analizar sin sepultar procesos. Porque si nosotros mismos dejamos de creer a la primera caída, no le pidamos al país que mantenga la fe cuando la pelota vuelva a rodar. Yo, pese a todo, sigo en la misma tribuna: estoy a muerte con la Verde.