Quien tiene menos capacidad para reaccionar a la subida del dólar es el trabajador que cobra un salario fijo. El comerciante puede cambiar su precio. La empresa puede modificar sus costos. El productor puede revisar su precio de venta. El asalariado no puede aumentar su sueldo cada vez que sube el dólar.
Por Marco Antonio Santivañez Soria
Periodista internacionalista
El dólar dejó de ser una cifra estable para convertirse en una referencia que ahora condiciona las compras, los negocios y los ingresos de los bolivianos.
El cambio comenzó el 29 de junio, cuando Bolivia abandonó la cotización fija de Bs 6,97 por dólar y pasó a un nuevo régimen cambiario. Ese día, la referencia oficial se ubicó en Bs 9,73. Un mes después, el tipo de cambio oficial ya había alcanzado Bs 11,80, mientras en el mercado se manejan valores superiores.
Tomando como referencia Bs 11,80, el salto desde los Bs 6,97 representa un incremento de casi 69%. En términos sencillos, comprar un dólar requiere ahora muchos más bolivianos que hace apenas un mes.
El efecto puede entenderse mejor con un salario. Bs 3.300 equivalían a unos 473 dólares cuando la cotización era de Bs 6,97. Con un dólar a Bs 11,80, esos mismos Bs 3.300 equivalen a unos 280 dólares. El salario nominal no cambió, pero el valor de la moneda frente al dólar sí.
Eso no significa que el poder adquisitivo interno haya caído exactamente 69% ni que los precios deban subir en esa misma proporción. La economía no funciona de esa manera. Pero sí significa que existe una presión cambiaria considerable que puede trasladarse gradualmente a los costos y, posteriormente, a los precios que pagan las familias.
El primer golpe no necesariamente aparece en el mercado. Puede comenzar mucho antes, cuando un productor necesita comprar maquinaria, repuestos, medicamentos, fertilizantes, equipos, materias primas o cualquier otro insumo relacionado con el exterior. También puede aparecer en una empresa que necesita dólares para importar o en un comerciante que tiene que reponer mercadería.
El comerciante tiene un problema concreto: no solamente debe pensar cuánto le costó lo que tiene en su tienda, sino cuánto necesitará para volver a comprarlo. Si adquirió un producto cuando el dólar estaba más bajo y debe reponerlo con un dólar más caro, mantener el precio anterior puede reducir su margen o incluso impedirle recuperar el capital necesario para continuar vendiendo.
Por eso la depreciación puede terminar llegando al consumidor, aunque el producto no sea importado directamente.
Los datos oficiales muestran que Bolivia ya enfrentaba una presión importante sobre los precios antes de completar un mes con el nuevo régimen cambiario. El INE reportó una inflación de 2,15% en junio y una variación acumulada de 9,23% en doce meses. Además, los precios al productor y los precios mayoristas ya mostraban incrementos importantes. El IPP (Índice de Precio al Productor) registró una variación interanual de 7,64% hasta junio, mientras el IPM ( Índice de Precio al por Mayor) alcanzó 10,61% hasta mayo.
Estos indicadores son importantes porque permiten observar que la presión sobre los precios puede comenzar en diferentes puntos de la cadena. Primero puede aumentar el costo para producir, después subir el precio al por mayor y finalmente llegar al consumidor.
La depreciación del boliviano, por tanto, puede generar una inflación importada. Pero tampoco sería correcto afirmar que cada punto porcentual de subida del dólar se convierte automáticamente en un punto de inflación. El impacto depende de cuánto dependa cada producto de componentes importados y de la capacidad de las empresas y comerciantes para absorber o trasladar esos mayores costos.
El riesgo aumenta si la población comienza a esperar nuevas subidas del dólar. Un comerciante puede fijar su precio pensando en cuánto costará reponer mañana. Una empresa puede calcular sus costos con una cotización superior. Un consumidor puede adelantar una compra porque considera que después será más cara. Así, una expectativa sobre el dólar puede comenzar a influir en los precios incluso antes de que se produzca una nueva subida.
Para los empresarios, la situación también tiene costos distintos. Los importadores necesitan más bolivianos para conseguir la misma cantidad de dólares. Las empresas que utilizan insumos extranjeros enfrentan mayores costos. Los exportadores, en cambio, pueden recibir más bolivianos por los dólares que generan. No todos reciben el impacto de la misma manera.
Pero quien tiene menos capacidad para reaccionar es el trabajador que cobra un salario fijo. El comerciante puede cambiar su precio. La empresa puede modificar sus costos. El productor puede revisar su precio de venta. El asalariado no puede aumentar su sueldo cada vez que sube el dólar.
Por eso el verdadero problema para la economía no está solamente en que el dólar haya pasado de Bs 6,97 a más de Bs 11. Está en cuánto de esa depreciación terminará llegando a los precios mientras los ingresos permanecen expresados en bolivianos.
Si el dólar continúa subiendo, la presión sobre los costos será mayor. Si además los precios comienzan a fijarse tomando como referencia un dólar futuro y no el vigente, la inflación puede adquirir una dinámica más difícil de contener.
Para la población, toda esta discusión terminará reducida a una cuenta mucho más sencilla: cuánto costaba comprar ayer, cuánto cuesta hoy y cuánto dinero quedará en el bolsillo después de pagar lo necesario.
Para las generaciones posteriores al 2005, Bienvenidos al capitalismo para todos del presidente Rodrigo Paz.
Para las generaciones anteriores al 2005, recuerden como fue, económicamente, la etapa 1985-2005.






