Recibió el Premio Hipócrates por su trabajo científico, pero su mayor preocupación sigue siendo la salud de Pando. Habla de cirugías, solidaridad, equipos abandonados y pacientes que cruzan la frontera por la falta de equipos, no de profesionales.
Orlando Hernán Ramos llegó a la conversación con un reconocimiento nacional recién recibido y una historia que todavía parece difícil de creer para quienes piensan que la medicina de alta complejidad solamente puede desarrollarse en las grandes ciudades. El traumatólogo pandino recibió el Premio Hipócrates del Colegio Médico de Bolivia en la categoría de investigación científica y actividad académica. Sin embargo, mientras muestra el galardón, deja claro que no llegó hasta allí por casualidad ni que su trabajo se limita a recibir distinciones. Detrás hay cirugías complejas, investigaciones, pacientes que antes debían ser trasladados a Brasil y una preocupación permanente por las condiciones en las que se atiende a la población de Pando.
«Este es un premio nacional que el Colegio Médico lo hace anualmente para premiar a ciertas categorías, excelencia en la especialidad, investigación científica y académica y área gremial. Este año el Premio Hipócrates del Colegio Médico de Pando postula mi currículo y tuvimos la dicha de estar entre los premiados en el área de investigación científica», explica.
Pero hay algo que le interesa remarcar por encima del reconocimiento personal: el lugar desde donde se está produciendo ese trabajo. Para Ramos, que un médico de Pando alcance una distinción nacional también sirve para cuestionar la vieja idea de que la investigación y la excelencia profesional son patrimonio exclusivo de las ciudades más grandes.
«Vamos a cambiar eso de que Pando no existe. Sí existe», dice, al recordar las reacciones que provocó el reconocimiento. «Eso chocó mucho con los grandes, con Santa Cruz principalmente. Como pandino, Pando, científico, no sé qué, o qué hace un premio de este tamaño».
La respuesta que ofrece no está en una discusión sobre departamentos, sino en el trabajo que viene realizando junto a otros profesionales.
UNA CIRUGÍA QUE CAMBIÓ LA MANERA DE MIRAR A COBIJA
Hace seis años, Ramos y el traumatólogo Adolfo Patón decidieron organizar un grupo especializado en cirugía de alta complejidad de pelvis, acetábulo y cadera. La iniciativa nació de una experiencia que ambos conocían demasiado bien: los pacientes con lesiones graves terminaban en Río Branco porque en Cobija se consideraba que no existían condiciones para resolver esos casos.
El primer paciente que marcó el camino era un adolescente de 16 años. Había sufrido un accidente de tránsito cuando viajaba con su familia rumbo a una zona de castaña. El choque fue grave, hubo personas fallecidas y el muchacho salió despedido del vehículo. Tenía fracturas en la pelvis, la cadera y los brazos. Había permanecido 40 días en un hospital de Río Branco sin que pudieran resolver su lesión.
Ramos estaba en Brasil cuando recibió la llamada de Patón. Le plantearon el caso y respondió que podía operarlo. La duda apareció cuando supo que la intervención se haría en Cobija, una ciudad que había dejado 26 años antes.
«Yo me fui hace 26 años y había eso de que en Cobija no hay nada, en Cobija no da. Pero me dicen: hay todo y está empaquetado, nadie lo usa eso».
El equipo necesario estaba disponible, aunque había que conseguir los materiales desde otras ciudades. Ramos viajó desde São Paulo y el paciente fue trasladado desde Río Branco. La operación se realizó en la Caja Nacional y duró aproximadamente ocho horas. Se trabajó por delante y por detrás, sin que el muchacho necesitara terapia intensiva ni sufriera lesiones neurológicas.
Años después, aquel adolescente se convirtió en piloto profesional de motocross.
«Entonces, nos sentamos con el doctor Patón y dijimos: si se puede hacer esa cirugía acá, se puede hacer cualquier cosa en traumatología».
Desde aquella experiencia, el grupo avanzó hacia intervenciones de columna, tumores, pelvis y cirugías infantiles. La idea dejó de ser solamente resolver operaciones difíciles. También se propusieron registrar lo que hacían, estudiar los resultados y compartir los procedimientos.
«SI TÚ NO ESCRIBES, NO EXISTES»
El grupo fue bautizado como PELVAC y comenzó a construir un registro de sus intervenciones. Según Ramos, cuenta con 15 cirugías de alta complejidad documentadas y cinco trabajos científicos preparados para publicación.
La formación de sus integrantes también explica esa decisión. Patón se especializó en Argentina y Ramos desarrolló parte de su trayectoria en Brasil, Colombia y Estados Unidos. En esos lugares comprendieron que una intervención exitosa no debía quedarse únicamente en la experiencia del quirófano.
«Si tú no escribes, no existes», resume.
Uno de los trabajos más importantes fue la elaboración de un protocolo para el manejo de lesiones complejas de pelvis. La propuesta busca establecer cómo debe actuar un equipo médico desde que el paciente llega al hospital: quién lo recibe, qué especialistas deben intervenir, cuándo corresponde operar, cuáles son las posibles complicaciones y cómo deben manejarse.
El objetivo es que ese conocimiento pueda utilizarse en los servicios de residencia médica de Bolivia y que el trabajo llegue también a publicaciones internacionales.
Ramos destaca que el protocolo surgió de una necesidad concreta, no de un ejercicio académico alejado de la realidad.
«Nuestro eterno problema: llega la alta complejidad, no sabes qué hacer, y Río Branco, y Río Branco, y Río Branco», recuerda.
Después vuelve a mirar el lugar donde se desarrolla la experiencia. «¿Dónde están haciendo todas estas cositas? Brotando aquí, en la orilla del Acre, en Cobija». Para él, esa es una de las partes más importantes del reconocimiento: demostrar que desde Pando también se puede producir conocimiento médico.
OPERAR EN COBIJA TODAVÍA EXIGE TRAERLO CASI TODO
La experiencia profesional de Ramos también le permite comparar las condiciones de trabajo en otros países con las que encuentra cuando llega a Pando. Y ahí aparece una de las dificultades que más le preocupa: la falta de instrumental, implantes y materiales necesarios para realizar operaciones traumatológicas.
«Todo lo traigo de afuera. No hay aquí ni un clavo en Cobija, nada no hay en Cobija», afirma.
La frase no es una exageración para describir una molestia. El médico explica que debe trasladar equipos e insumos desde Cochabamba, donde tiene parte de su actividad profesional. El transporte se convirtió en una tarea adicional a la preparación de cada cirugía.
Según cuenta, ha tenido que comprar entre 10 y 15 maletas para llevar instrumental, porque las dificultades para despachar cajas por avión complican el traslado. Los materiales deben estar disponibles cuando llega el momento de operar. No se puede esperar una semana si el paciente está fracturado y necesita atención.
«Venimos, hacemos lo que usted quiera, pero tenemos que traer todo, todo de afuera», explica.
En traumatología, algunas lesiones requieren atención inmediata. Ramos menciona las fracturas expuestas, las luxaciones y el síndrome compartimental entre las situaciones que no pueden esperar. También describe el procedimiento conocido como control de daños, que permite estabilizar inicialmente a un paciente con una fractura grave y realizar la cirugía definitiva cuando las condiciones del tejido lo permiten.
El problema, dice, es que ni siquiera para ese primer procedimiento existe todo el instrumental necesario en los servicios públicos de Cobija.
MÉDICOS PREPARADOS, HOSPITALES SIN CONDICIONES
Cuando habla del hospital Roberto Galindo, Ramos distingue entre la capacidad de sus profesionales y las limitaciones del establecimiento. No responsabiliza a los médicos por no realizar determinadas operaciones si no cuentan con los equipos indispensables.
«Hay un personal médico altamente capacitado, resolutivo. Si le dieran condiciones al Galindo en las diferentes especialidades, mucha cosa no iría a Río Branco».
Entre las carencias que menciona están una mesa de tracción y un intensificador de imagen, equipos que considera básicos para desarrollar procedimientos traumatológicos. Su experiencia en hospitales de tercer y cuarto nivel le hace difícil entender que un servicio de traumatología tenga que trabajar sin esos recursos.
Sus cuestionamientos también alcanzan al hospital Mesutti. Ramos sostiene que se lo presenta como un establecimiento de tercer nivel, aunque considera que no reúne las condiciones para responder a todas las prestaciones que corresponden a esa categoría.
«Él dice tercer nivel. Si usted va ahorita, por ejemplo, y hacemos una neurocirugía o una cirugía abierta de tórax o una cirugía de pelvis, todas de tercer nivel, ahí no se puede hacer».
Su preocupación no termina en la infraestructura. Habla de equipos que llegaron nuevos y que, según su relato, no funcionan o permanecen sin prestar servicio. Menciona el resonador magnético, el tomógrafo, equipos de imagen y respiradores destinados a terapia intensiva.
«Hay equipos en el Mesutti que usted no los va a encontrar en el hospital Viedma de Cochabamba. Este tiene y lo tiene fregado».
La pregunta que repite es sencilla: «¿Cuál fue el miedo? ¿Qué pasó?». No entiende cómo equipos adquiridos nuevos pueden terminar inutilizados sin que se conozca qué ocurrió ni quién respondió por ellos.
También señala que el hospital cuenta con especialistas y profesionales asignados, pero que tener médicos y edificios no alcanza si faltan las condiciones para atender a los pacientes. «No es con entusiasmo y euforia que se hace salud», advierte.
MÁS DE 200 PACIENTES CRUZARON LA FRONTERA
La dimensión del problema aparece cuando Ramos habla de los traslados a Brasil. Según sus datos, más de 200 pacientes de distintas especialidades fueron derivados a Río Branco durante el año. No se refiere únicamente a traumatología: menciona infartos, derrames cerebrales y otras emergencias que requieren servicios que Cobija no puede resolver.
«No debería ir ni uno», sostiene.
Recuerda una experiencia que tuvo en Río Branco, adonde fue invitado para realizar operaciones. Allí le hablaron de una extensa lista de pacientes que aguardaban cirugías y también de la cantidad de personas que llegaban desde Cobija.
«Encima tenemos una ciudadcita aquí en la frontera que nos enchufa todo lo que ellos no pueden resolver. Cobija», recuerda que le dijeron.
La situación le resulta especialmente dolorosa porque él mismo es pandino y trabaja en ambos lados de la frontera. Conoce las capacidades de los profesionales locales y considera que una parte importante de los traslados podría evitarse si existieran equipos, organización y servicios adecuados.
Pero tampoco olvida el papel que cumplió Brasil durante décadas. Cuando Cobija no tenía electricidad permanente, algunas mujeres debían cruzar a Brasileia para dar a luz. El camino hasta Río Branco podía tomar 24 horas.
«Al Río Branco hay que agradecerle eternamente», reconoce. Lo que cuestiona es que esa dependencia continúe siendo la respuesta habitual cuando Pando necesita atención médica de mayor complejidad.
UNA NIÑA, NUEVE TRAUMATÓLOGOS Y UNA OPERACIÓN SOLIDARIA
La medicina también le ha mostrado a Ramos que hay intervenciones que no se resuelven únicamente con dinero o equipamiento. En la entrevista cuenta el caso de una niña que vivía en un hogar infantil y que sufrió el atropello de un camión. El vehículo pasó sobre uno de sus pies y le provocó una lesión muy grave.
Los médicos consiguieron salvarle la extremidad, pero quedaron secuelas importantes. Para reconstruir el pie era necesario contar con un microscopio que no estaba disponible en Cobija. La solución fue organizar su traslado a Cochabamba y coordinar una intervención en el hospital Viedma, con la participación de profesionales de diferentes centros.
En total, nueve traumatólogos se involucraron en el caso. La atención se hizo mediante colaboración médica y sin cobrar honorarios por la cirugía.
«Es una cirugía que ha envuelto nueve traumatólogos y pura, pura solidaridad», cuenta Ramos.
Para él, esa experiencia también dejó una enseñanza sobre la posibilidad de conectar hospitales y especialistas de distintas ciudades. El centro que no tiene determinado equipo puede coordinar con otro que sí lo posee. Lo importante es que existan voluntad y gestión para que el paciente reciba la atención que necesita.
«Cuando se quiere hacer las cosas, se puede hacer», afirma.
«LA SALUD ES UNA VIDA»
Ramos también pone sobre la mesa una preocupación que observa a diario en las calles: los accidentes de motocicleta. Habla del uso de cascos únicamente para pasar los controles, de personas que circulan en chinelas y de familias que llevan a varios pasajeros en una motocicleta.
«Aquí tenemos lugares que alquilan casco para pasar la vida. Eso es insólito», dice, al describir la práctica de quienes cruzan un control con un casco prestado y luego lo devuelven para continuar circulando sin protección.
Su advertencia tiene una historia dolorosa detrás. Recuerda el caso de un niño que viajaba sentado sobre el tanque de una motocicleta y murió tras una colisión. El pequeño salió despedido, golpeó el parabrisas de otro vehículo y no sobrevivió.
«El vehículo fue hecho para dos personas, no poner el niño en un tanque es arriesgar tu hijo», advierte.
En su mirada, la prevención también forma parte de la atención médica. Evitar accidentes significa impedir lesiones que después requieren operaciones, internaciones y tratamientos que muchas veces no pueden realizarse en la ciudad.
Por eso insiste en que Pando necesita una estructura sanitaria pensada para su población. Para una ciudad de alrededor de 100.000 habitantes, considera que deberían existir un hospital de tercer nivel, dos de segundo nivel, 15 postas sanitarias, un banco de sangre, un centro de imagenología y un hospital materno infantil.
Su revisión de los servicios disponibles lo lleva a cuestionar cuánto falta para alcanzar esa capacidad. Menciona que algunas postas no funcionan y que no existe un centro de imagenología especializado para atender los traumatismos.
También reclama mejores condiciones para formar nuevos especialistas y desarrollar residencias médicas. En el departamento, señala, hay seis traumatólogos para atender a toda la población. La formación de nuevos profesionales permitiría ampliar la atención y avanzar hacia especialidades más específicas.
«No adelanta que vos tengas radiografías lindas, bonitas, pero si vos no enseñás eso, no preparás otro para que venga», reflexiona.
Al final de la conversación, el premio que había llegado recién deja de ser el centro de atención. Ramos vuelve a hablar de Pando, de la falta de integración caminera, de las dificultades para conectarse con el resto del país y de la sensación de que el departamento recibe menos atención que otras regiones.
No pide un reconocimiento especial ni plantea que los pandinos sean distintos al resto. Su reclamo es que se los trate en igualdad de condiciones.
«Somos igualitos los nueve, idénticos. Aquí puede haber un científico en Tarija, en Santa Cruz, aquí puede haber un premio, aquí puede aparecer una promesa en el tenis», dice.
Y cuando se le pregunta qué le pediría al Estado, no necesita preparar un discurso largo. Responde con una sola palabra: «Atención».
Después vuelve a una frase que repitió durante toda la entrevista, como si quisiera que nadie la perdiera de vista: «La salud no es un poste de luz, no es un asfalto de una avenida. Salud es un número, es una vida, es una vida»








