Mauricio Gómez contó en MARCO SIN FILTRO cómo una antigua casa familiar pasó de tener siete habitaciones a convertirse en uno de los hoteles con mayor demanda de Trinidad.
Hace quince años, donde hoy llegan viajeros de distintos puntos del país, había una casa vieja, de esas construcciones tradicionales benianas, con galerías amplias, techo sencillo y habitaciones calientes en las tardes de verano. Ahí comenzó la historia del Hotel Santa Anita, un emprendimiento familiar que arrancó casi sin hacer ruido y que ahora se convirtió en uno de los hospedajes más buscados de Trinidad.
Mauricio Gómez abrió las puertas del hotel para MARCO SIN FILTRO y recorrió cada rincón contando cómo empezó todo. Lo hizo sin poses ni frases armadas. Más bien como alguien que todavía recuerda perfectamente el olor de la casa antigua y las dificultades que hubo antes de levantar el negocio.
“Este lugar fue la casa donde yo viví mis primeros años”, relató mientras mostraba uno de los pocos sectores que todavía quedan de la construcción original.
La historia está marcada por el esfuerzo de su madre. Tras la muerte de su padre, la familia dejó Trinidad y volvió a Santa Ana del Yacuma para empezar nuevamente. Su madre trabajó durante años en el comercio y nunca soltó la idea de recuperar aquella vivienda que había quedado ocupada por anticresistas.
Mauricio terminó sus estudios universitarios en Cochabamba y luego regresó al Beni por trabajo. Cuando finalmente recuperaron el inmueble, en 2008, encontró una casa deteriorada, con dos habitaciones hacia la calle y estructuras antiguas que todavía conservaban parte de la arquitectura típica de antes.
“Todo esto era distinto. Lo único que queda de esa época es este pequeño bloque”, contó.
La idea del hospedaje apareció gracias a una amiga de su madre, propietaria de un residencial en Trinidad. Ella fue quien insistió en que aprovecharan el espacio del terreno para levantar algo relacionado con hotelería.
Ahí arrancó todo.
Con ayuda de una amiga arquitecta de Cochabamba hicieron el diseño inicial y comenzaron la construcción. El primer Santa Anita abrió con apenas siete habitaciones en planta baja.
“Desde un principio queríamos que la gente llegue y se sienta tranquila”, recordó Mauricio.
Por eso decidieron encargarse personalmente de la atención. Hasta hoy, él y su hermano siguen recorriendo el hotel, hablando con los huéspedes y revisando que todo esté funcionando bien.
Con los años, el lugar empezó a hacerse conocido entre viajeros frecuentes, empresarios, músicos y visitantes que llegaban a Trinidad por trabajo o turismo. Muchos comenzaron a recomendarlo directamente.
“Hay gente que llega a Trinidad y ya pregunta de entrada si hay espacio acá”, comentó.
Pero si algo terminó diferenciando al Santa Anita fue una decisión poco común: poner hamacas dentro de todas las habitaciones.
La idea nació cuando Mauricio descubrió antiguos hamaqueros en la vieja casa familiar. Le llamó la atención porque no era normal ver hamacas dentro de un dormitorio.
Cuando le preguntó a su madre, ella le explicó que su padre descansaba ahí para escapar del calor.
Tiempo después, durante un viaje a San Borja, Mauricio compró una hamaca brasileña y decidió probar cómo quedaba dentro de un cuarto. La experiencia le gustó tanto que terminó incorporando hamacas en todas las habitaciones nuevas.
Ahora forman parte de la identidad del hotel.
“Mucha gente nunca había usado una hamaca. Algunos hasta preguntan cómo subirse”, contó entre risas.
Después ocurre lo contrario. Muchos huéspedes terminan acostumbrándose rápidamente y pasan más tiempo descansando ahí que en la propia cama.
“Hay personas que nos dicen que durmieron mejor en la hamaca”, relató.
Mauricio también reconoció que mantener un hotel en Trinidad no siempre resulta fácil. El costo de la energía eléctrica es alto y hay temporadas donde el movimiento baja considerablemente. Aun así, aseguró que el flujo de huéspedes les permitió seguir creciendo.
Por el hotel pasaron artistas, delegaciones, ministros y también el expresidente Evo Morales. Recordó especialmente la visita de un diplomático jordano que permaneció varios días recorriendo el Beni y terminó regalándoles un cuadro pintado por él mismo.
Actualmente el Santa Anita atraviesa otra ampliación. La familia logró comprar el inmueble vecino y ya empezó la construcción de nuevas áreas y más habitaciones.
La razón es simple: muchas veces ya no alcanzan los espacios.
“A veces la gente llega sin reserva y nos toca decirle que no tenemos habitaciones. Y eso da pena”, admitió.
Mientras avanzaba el recorrido, Mauricio señalaba un enorme árbol de mango que permanece en medio del patio desde hace décadas. Pese a las remodelaciones y ampliaciones, decidieron conservarlo.
Debajo de esa sombra, entre el movimiento del hotel y el sonido constante de huéspedes entrando y saliendo, Mauricio resumió sin buscar grandes palabras lo que representa hoy el Santa Anita para su familia.
“Esto nos costó muchísimo trabajo”, finalizó.






